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Lima.- EL RESFRIADO ha llegado lógico e inclemente, casi como regaño de la naturaleza. Unas pocas horas en esta urbe, una leve llovizna sobre la cabeza, un descuido a lo “caribeño” en eso de despojarse rápido de los atuendos… han bastado para “pescar” lo indeseable.
Llegamos abrigados y emprendemos el “descubrimiento” de la capital peruana conscientes de que es julio caluroso y sofocante en Cuba, pero frío, friísimo, en esta ciudad sudamericana adornada con los colores, las formas y el espíritu del mayor evento multideportivo de América.
Lima eligió esta época del año sabiendo que el Astro Rey no dará a los XVIII Juegos Panamericanos el calor que algunos habrían preferido. Entonces las chaquetas y chubasqueros se harán imprescindibles para enfrentar el cernidillo y las temperaturas que en las noches llegan a rozar los diez grados Celsius.
Los cubanos celebramos la posibilidad de refrescar el intenso calor del verano caribeño, pero por deshabituados solemos sufrir los mayores “congelamientos” y catarros. Ya les cuento…
Los escenarios competitivos se presentarán teñidos de gris y con centenares de aficionados bien tapados y dispuestos a calentar las justas –si acaso- con su energía y alegrías.
Los amantes de récords y comparaciones señalan desde ya una indudable curiosidad: Lima quedará en las Memorias como los Juegos más fríos de la historia, pues sus posibles émulos de Buenos Aires 1951, Mar del Plata 1995, Sao Paulo 1963 y Winnipeg 1967 y 1999 ocurrieron en períodos veraniegos, en tanto Río de Janeiro 2007 no entregó un clima invernal tan despiadado.
Los organizadores no previeron quizás este detalle, pero lo cierto es que no afectará las competiciones y dejará una cuota de distinción a una versión que se prevé exitosa y digna de aplausos.
A propósito del frío y los abrigos les invito a repasar una página poco conocida del movimiento deportivo continental: los primeros y únicos Juegos Panamericanos de Invierno, acontecidos en Las Leñas, Argentina, en 1990.
Sus anfitriones habían sido los más fervientes impulsores de la idea que acabó complaciendo a la Odepa y el COI tras los XV Juegos Olímpicos de Invierno de Calgary, Canadá, en 1988.
Inicialmente se previó el estreno de la lid para el año siguiente, pero la escasez de nieve obligó a postergarla para 1990, fecha en la cual casi 100 atletas de ocho países tomaron parte y se repartieron las medallas en descenso, slalom, súper G y slalom gigante.
Santiago de Chile debió acoger la segunda versión en 1994, mas problemas administrativos y la negativa de Estados Unidos a participar si no se convocaba el conjunto completo de deportes invernales canceló para siempre la competición.
¿Ya ven? Quizás Lima sirva también para recordar esa experiencia e intentar retomarla.
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